Teresa había quedado con Társila para que la ayudara con unos papeles, y luego iríamos a comer a un buffet libre brasileño que se encontraba en la otra punta de la ciudad. Antes deberíamos llevar unas cosas a casa de Pierre, el novio de Társila, lo que nos llevaría a dar la vuelta completa al centro. Ni Teresa ni yo no conocíamos ninguna casa privada en Pekín, solo residencias y hoteles, y ya en el inmueble, nos impresionó el estado ruinoso de los pasillos y la robustez de las puertas de acero que protegían los apartamentos. Cuando entramos en la casa, nos encontramos un apartamento de dos habitaciones, semi-reformado, algo espartano pero agradable.
- ¿Cuánto cuesta?- preguntó Teresa.
- Cuatro mil más gastos- dijo Társila, al salir del diminuto servicio.
- Nos los quedamos- dijo Teresa
Nos reímos al darnos cuenta de que habíamos estado ojeando el piso como si fuéramos a alquilarlo. El próximo año quizás no conserváramos el apartamento de la Universidad y tendríamos que hacernos con algo parecido. Para mí, que me mudaría seis veces en menos de un año y medio, ojear un piso era como inspeccionar una habitación de hotel en una ciudad de paso, donde apenas da tiempo a esparcir el puñado de objetos que caben en una maleta de veinte kilos. Pierre había colgado un cartel de China, y había montado un sofá de Ikea que se convertía en cama y una mesilla donde quedaban restos de alguna comida anterior, alrededor de un ordenador portátil. En una esquina, apoyada en la pared, había una guitarra. Igual que en nuestra casa, daba la sensación de que, en cualquier momento, la vida de Pierre podría implosionar en un par de maletas y desaparecer sin dejar rastro. Ya nos habíamos acostumbrado- desde hacía muchos años - a que los domicilios de nuestros amigos fueran lugares vagos, con pequeñas motas de personalidad que se superponían al variopinto decorado de un casero, sin ninguna clase de armonía. Eran habitualmente pisos muy baratos a los que uno se iba haciendo por la fuerza de la costumbre, secretamente odiados por su fealdad, oscuridad o decoración extravagante, que recordaban cada día a sus habitantes su precariedad en la ciudad extraña. La casa no era más que un refugio donde descansar del agotador ritmo de la actividad en la ciudad, donde dormir, emborracharse, follar, trabajar en postura incorrecta en mesas no apropiadas y sillas desencoladas, era cerrar los ojos, levantarse y lanzarse a la calle sin apenas fijarse o preocuparse en la enorme gotera que veíamos engordar cada mañana, mientras nos sentábamos a enfriar el primer café.
Otros necesitarían chales adosados con piscina, pero nosotros nos habíamos acostumbrado a la fuerza a esos pequeños apartamentos algo cutres e impersonales, que configuraban el paisaje nuestro de cada día. Igualmente, a los habitantes de los soleados chales les parecería deprimente y hasta insoportable tan parca existencia, de la misma manera que, ya bajando el ascensor de camino a la calle, nosotros nos preguntábamos por la salud mental de la señora que trabajaba apretando los botones del ascensor del edificio de Pierre. La ascensorista había confeccionado, con un mobiliario mínimo, un rincón personal con sillita, termo para el té y repisa donde dejar los diversos periódicos que pasaba el día leyendo y luego resumía a los pasajeros, en conversaciones medidas de veinte, treinta o cuarenta segundos, según el piso de destino. Aunque tenía canas el pelo, su gesto no rebelaba en absoluto depresión alguna, más bien se la notaba animada y no le costaba sonreír y mostrarse locuaz con los vecinos, a pesar de que a nosotros, habitantes de los cuchitriles amueblados por Ikea, nos parecería atroz trabajar en una caja de cuatro metros cúbicos, desplazándose sin descanso por la galería ciega de un edificio, arriba y abajo, quién sabe cuántas horas al día.
Ya en la calle, el único taxi que encontramos fue uno aparcado cuyo conductor dormía profundamente, tapado con una manta en el asiento de atrás. Tuvimos que golpear el cristal hasta que el hombre se espabiló y ocupó su puesto con gesto profesional después de dar un buen trago a su termo. Nosotros ya sabíamos que los taxistas que no tenían otro domicilio vivían en su taxi, y como otros muchos chinos, utilizaban baños públicos y se alimentaban en los puestos y casas de comida que se encuentran por Pekín. El taxi olía a pedo y sudor agrio. Me pregunté que pensaría la ascensorista de semejante tufo, ella, que al menos no dormía en su puesto de trabajo. Seguramente sentiría cierta compasión del taxista que no tenía más lugar en el mundo que su coche.
Entonces me vinieron a la mente los obreros que construyen el edificio de enfrente de mi casa y que duermen en las propia obra, en pequeñas casetas prefabricadas donde se agolpan nueve o diez para conjurar las bajísimas temperaturas de Pekín, y que ni siquiera tienen un taxi para guarecerse. Trabajan catorce horas, y no cuentan ni con dos metros cuadrados en propiedad exclusiva, así que el movimiento y la actividad son su único hogar real, y el único espacio que pueden habitar por derecho propio. Así los veías, por la ventana de nuestro pequeño apartamento lujoso y deprimente a la vez, con sus sopletes pegando placas de revestimiento térmico a las paredes de un edificio que otros poblarían. Allí, en la azotea, durante el invierno, a veces se encontraban a algún pájaro muerto de frío e inanición. Me pregunté de quién se compadecerían los pájaros.
- ¿Cuánto cuesta?- preguntó Teresa.
- Cuatro mil más gastos- dijo Társila, al salir del diminuto servicio.
- Nos los quedamos- dijo Teresa
Nos reímos al darnos cuenta de que habíamos estado ojeando el piso como si fuéramos a alquilarlo. El próximo año quizás no conserváramos el apartamento de la Universidad y tendríamos que hacernos con algo parecido. Para mí, que me mudaría seis veces en menos de un año y medio, ojear un piso era como inspeccionar una habitación de hotel en una ciudad de paso, donde apenas da tiempo a esparcir el puñado de objetos que caben en una maleta de veinte kilos. Pierre había colgado un cartel de China, y había montado un sofá de Ikea que se convertía en cama y una mesilla donde quedaban restos de alguna comida anterior, alrededor de un ordenador portátil. En una esquina, apoyada en la pared, había una guitarra. Igual que en nuestra casa, daba la sensación de que, en cualquier momento, la vida de Pierre podría implosionar en un par de maletas y desaparecer sin dejar rastro. Ya nos habíamos acostumbrado- desde hacía muchos años - a que los domicilios de nuestros amigos fueran lugares vagos, con pequeñas motas de personalidad que se superponían al variopinto decorado de un casero, sin ninguna clase de armonía. Eran habitualmente pisos muy baratos a los que uno se iba haciendo por la fuerza de la costumbre, secretamente odiados por su fealdad, oscuridad o decoración extravagante, que recordaban cada día a sus habitantes su precariedad en la ciudad extraña. La casa no era más que un refugio donde descansar del agotador ritmo de la actividad en la ciudad, donde dormir, emborracharse, follar, trabajar en postura incorrecta en mesas no apropiadas y sillas desencoladas, era cerrar los ojos, levantarse y lanzarse a la calle sin apenas fijarse o preocuparse en la enorme gotera que veíamos engordar cada mañana, mientras nos sentábamos a enfriar el primer café.
Otros necesitarían chales adosados con piscina, pero nosotros nos habíamos acostumbrado a la fuerza a esos pequeños apartamentos algo cutres e impersonales, que configuraban el paisaje nuestro de cada día. Igualmente, a los habitantes de los soleados chales les parecería deprimente y hasta insoportable tan parca existencia, de la misma manera que, ya bajando el ascensor de camino a la calle, nosotros nos preguntábamos por la salud mental de la señora que trabajaba apretando los botones del ascensor del edificio de Pierre. La ascensorista había confeccionado, con un mobiliario mínimo, un rincón personal con sillita, termo para el té y repisa donde dejar los diversos periódicos que pasaba el día leyendo y luego resumía a los pasajeros, en conversaciones medidas de veinte, treinta o cuarenta segundos, según el piso de destino. Aunque tenía canas el pelo, su gesto no rebelaba en absoluto depresión alguna, más bien se la notaba animada y no le costaba sonreír y mostrarse locuaz con los vecinos, a pesar de que a nosotros, habitantes de los cuchitriles amueblados por Ikea, nos parecería atroz trabajar en una caja de cuatro metros cúbicos, desplazándose sin descanso por la galería ciega de un edificio, arriba y abajo, quién sabe cuántas horas al día.
Ya en la calle, el único taxi que encontramos fue uno aparcado cuyo conductor dormía profundamente, tapado con una manta en el asiento de atrás. Tuvimos que golpear el cristal hasta que el hombre se espabiló y ocupó su puesto con gesto profesional después de dar un buen trago a su termo. Nosotros ya sabíamos que los taxistas que no tenían otro domicilio vivían en su taxi, y como otros muchos chinos, utilizaban baños públicos y se alimentaban en los puestos y casas de comida que se encuentran por Pekín. El taxi olía a pedo y sudor agrio. Me pregunté que pensaría la ascensorista de semejante tufo, ella, que al menos no dormía en su puesto de trabajo. Seguramente sentiría cierta compasión del taxista que no tenía más lugar en el mundo que su coche.
Entonces me vinieron a la mente los obreros que construyen el edificio de enfrente de mi casa y que duermen en las propia obra, en pequeñas casetas prefabricadas donde se agolpan nueve o diez para conjurar las bajísimas temperaturas de Pekín, y que ni siquiera tienen un taxi para guarecerse. Trabajan catorce horas, y no cuentan ni con dos metros cuadrados en propiedad exclusiva, así que el movimiento y la actividad son su único hogar real, y el único espacio que pueden habitar por derecho propio. Así los veías, por la ventana de nuestro pequeño apartamento lujoso y deprimente a la vez, con sus sopletes pegando placas de revestimiento térmico a las paredes de un edificio que otros poblarían. Allí, en la azotea, durante el invierno, a veces se encontraban a algún pájaro muerto de frío e inanición. Me pregunté de quién se compadecerían los pájaros.












