30/03/2009

Moscas al vuelo




Teresa había quedado con Társila para que la ayudara con unos papeles, y luego iríamos a comer a un buffet libre brasileño que se encontraba en la otra punta de la ciudad. Antes deberíamos llevar unas cosas a casa de Pierre, el novio de Társila, lo que nos llevaría a dar la vuelta completa al centro. Ni Teresa ni yo no conocíamos ninguna casa privada en Pekín, solo residencias y hoteles, y ya en el inmueble, nos impresionó el estado ruinoso de los pasillos y la robustez de las puertas de acero que protegían los apartamentos. Cuando entramos en la casa, nos encontramos un apartamento de dos habitaciones, semi-reformado, algo espartano pero agradable.

- ¿Cuánto cuesta?- preguntó Teresa.

- Cuatro mil más gastos- dijo Társila, al salir del diminuto servicio.

- Nos los quedamos- dijo Teresa

Nos reímos al darnos cuenta de que habíamos estado ojeando el piso como si fuéramos a alquilarlo. El próximo año quizás no conserváramos el apartamento de la Universidad y tendríamos que hacernos con algo parecido. Para mí, que me mudaría seis veces en menos de un año y medio, ojear un piso era como inspeccionar una habitación de hotel en una ciudad de paso, donde apenas da tiempo a esparcir el puñado de objetos que caben en una maleta de veinte kilos. Pierre había colgado un cartel de China, y había montado un sofá de Ikea que se convertía en cama y una mesilla donde quedaban restos de alguna comida anterior, alrededor de un ordenador portátil. En una esquina, apoyada en la pared, había una guitarra. Igual que en nuestra casa, daba la sensación de que, en cualquier momento, la vida de Pierre podría implosionar en un par de maletas y desaparecer sin dejar rastro. Ya nos habíamos acostumbrado- desde hacía muchos años - a que los domicilios de nuestros amigos fueran lugares vagos, con pequeñas motas de personalidad que se superponían al variopinto decorado de un casero, sin ninguna clase de armonía. Eran habitualmente pisos muy baratos a los que uno se iba haciendo por la fuerza de la costumbre, secretamente odiados por su fealdad, oscuridad o decoración extravagante, que recordaban cada día a sus habitantes su precariedad en la ciudad extraña. La casa no era más que un refugio donde descansar del agotador ritmo de la actividad en la ciudad, donde dormir, emborracharse, follar, trabajar en postura incorrecta en mesas no apropiadas y sillas desencoladas, era cerrar los ojos, levantarse y lanzarse a la calle sin apenas fijarse o preocuparse en la enorme gotera que veíamos engordar cada mañana, mientras nos sentábamos a enfriar el primer café.

Otros necesitarían chales adosados con piscina, pero nosotros nos habíamos acostumbrado a la fuerza a esos pequeños apartamentos algo cutres e impersonales, que configuraban el paisaje nuestro de cada día. Igualmente, a los habitantes de los soleados chales les parecería deprimente y hasta insoportable tan parca existencia, de la misma manera que, ya bajando el ascensor de camino a la calle, nosotros nos preguntábamos por la salud mental de la señora que trabajaba apretando los botones del ascensor del edificio de Pierre. La ascensorista había confeccionado, con un mobiliario mínimo, un rincón personal con sillita, termo para el té y repisa donde dejar los diversos periódicos que pasaba el día leyendo y luego resumía a los pasajeros, en conversaciones medidas de veinte, treinta o cuarenta segundos, según el piso de destino. Aunque tenía canas el pelo, su gesto no rebelaba en absoluto depresión alguna, más bien se la notaba animada y no le costaba sonreír y mostrarse locuaz con los vecinos, a pesar de que a nosotros, habitantes de los cuchitriles amueblados por Ikea, nos parecería atroz trabajar en una caja de cuatro metros cúbicos, desplazándose sin descanso por la galería ciega de un edificio, arriba y abajo, quién sabe cuántas horas al día.

Ya en la calle, el único taxi que encontramos fue uno aparcado cuyo conductor dormía profundamente, tapado con una manta en el asiento de atrás. Tuvimos que golpear el cristal hasta que el hombre se espabiló y ocupó su puesto con gesto profesional después de dar un buen trago a su termo. Nosotros ya sabíamos que los taxistas que no tenían otro domicilio vivían en su taxi, y como otros muchos chinos, utilizaban baños públicos y se alimentaban en los puestos y casas de comida que se encuentran por Pekín. El taxi olía a pedo y sudor agrio. Me pregunté que pensaría la ascensorista de semejante tufo, ella, que al menos no dormía en su puesto de trabajo. Seguramente sentiría cierta compasión del taxista que no tenía más lugar en el mundo que su coche.

Entonces me vinieron a la mente los obreros que construyen el edificio de enfrente de mi casa y que duermen en las propia obra, en pequeñas casetas prefabricadas donde se agolpan nueve o diez para conjurar las bajísimas temperaturas de Pekín, y que ni siquiera tienen un taxi para guarecerse. Trabajan catorce horas, y no cuentan ni con dos metros cuadrados en propiedad exclusiva, así que el movimiento y la actividad son su único hogar real, y el único espacio que pueden habitar por derecho propio. Así los veías, por la ventana de nuestro pequeño apartamento lujoso y deprimente a la vez, con sus sopletes pegando placas de revestimiento térmico a las paredes de un edificio que otros poblarían. Allí, en la azotea, durante el invierno, a veces se encontraban a algún pájaro muerto de frío e inanición. Me pregunté de quién se compadecerían los pájaros.

07/03/2009

Happiness



- Me aburro- dije yo- ¿qué vamos a hacer?

- Ni idea.

Era jueves por la tarde. Teresa había terminado su semana laboral y trabaja en su ordenador mientras yo retozaba en la cama, todavía en pijama aunque ya comenzaba a anochecer. Ojeé con parsimonia las hojas del número de marzo de Time Out. Demasiado caro. Demasiado lejos. Demasiado pijo. Resultaba difícil proyectarse en alguno de los cientos de eventos que proponía esa agenda cultural después de caer noqueado horas tras ingerir un kilo de pasta Gallo con carne picada y tomate. La indigestión de pasta boloñesa, le dije a Teresa, es como tocar el cielo con los dedos. La siesta resultante es casi como sentarse al lado de Dios, todavía mejor que el chute de endorfinas que se libera e inunda nuestro organismo cuando el espíritu se aleja del cuerpo. Yo también vi un túnel blanco, y una larga escalinata de macarrones con diminutos trozos de pimiento verde y cebolla tocando himnos celestiales. Pero todo lo que se eleva tiende a caer, y cuanto más se eleva, dicen, mayor es la caída. Y así de aplastado me sentía yo, pasando las páginas de Time Out, ese sofisticado magazín, quintaesencia del dinamismo cosmopolita.

- Oye, Tere- dije yo, mientras trataba de hacer el pino en la cama, sujetando mi cuerpo por los riñones- ¿crees que los lectores de Time Out comen mucho macarrones con tomate?

- Ya lo tengo- dijo Tere- ¿Y si vamos al Carrefour?

Dejé de hacer el pino inmediatamente. Me senté en la cama y eché el Time Out a un lado

- Es la mejor idea que has tenido nunca- respondí.

En el Carrefour me siento como en casa, como si volviera a mi ciudad natal, como si volviera a Granada, o a cualquiera de las docenas de Carrefour que he podido visitar a lo largo de mi vida. Por muy inhóspito que sea el lugar donde me encuentre, muy hostiles sus habitantes, incomprensible su lengua, sé que al atravesar las puertas del Carrefour una varaharada de colores y formas familiares me envolverá con la sensación de que he vuelto a casa. No en vano mis partes más íntimas llevan cubriéndose con tejidos sintéticos Carrefour desde hace más de quince años, y mi paladar degustando su marca blanca de queso chedar desde que tengo uso de razón. Nada como introducir una moneda en uno de esos carritos y emprender señorialmente el paseo por los pasillos, comparables en abundancia solo a las ilustraciones infantiles de la cueva de Ali Baba y los cuarenta ladrones. A tu paso, respiras las fuertes emanaciones de la zona del jamón serrano, sientes como se te eriza la piel y se sonrojan tus mejillas cuanto atraviesas las cámaras de congelados, chapoteas en la pescadería mientras te llega el vapor de agua que desprende la manguera con que limpian tu pieza de merluza. Igual que los círculos del cielo y el infierno de los poemas medievales, o las edades de la mitología griega, o las reencarnaciones del hinduismo, el Carrefour posee su propio ciclo y tú has de recorrerlo y cumplir con el ritual, que solo termina cuando dejas caer en tu carrito un pack de chicles Orbit justo antes de que tu tarjeta de crédito envíe su poderosísima descarga de 124 euros, con dos cupones de descuento para Acondicionador Loreal y Atún en aceite de soja enriquecido Omega 3 Rianxeira. Llegar a casa, colocar las cosas, es tocar el cielo. Si tuviera que elegir entre ir al Carrefour o echarme una siesta después de comer un kilo y medio de macarrones con tomate, creo me volvería loco.

Hace frío y al subir al autobús recibimos la mirada agotada y somnolienta de los currantes que vuelven a casa, todos sentados, nos miran como siempre, con el mismo descaro y curiosidad que otras veces, aunque lejos de incomodarnos lo más mínimo nosotros nos agarramos a la barra y charlamos en nuestra jeringonza incomprensible y de tanto en tanto hasta nos damos un beso, pero ya los pekineses han perdido todo interés y vuelven su atención al montaje de videos caseros de trompazos de cachorritos que echan por las pantallas de LCD. Nos hemos acostumbrado a despertar una mínima curiosidad allá donde vamos, en esta ciudad donde los occidentales, por mucho que haya aumentado su número en los últimos años, aún son una rareza en lugares como el autobús público. Miro por la ventana y observo sin interés el paisaje nocturno del suburbio comercial de Haidian, con sus grandes edificios institucionales ya con casi todas las ventanas apagadas, y los viaductos de cemento iluminados por la luz anaranjada de las farolas, surcados por el tránsito vibrante de autobuses y taxis. No hay demasiados establecimientos ni personas por la calle, solo una leve concentración en los cruces, donde brillan los neones en caracteres chinos que anuncian restaurantes, oficinas de banco, hoteles de interiores lujosos y desangelados. En algún momento ha dejado de impresionarme este paisaje enrarecido, que se ha convertido en rutinario y normal, y ahora lo acepto con tanta indiferencia como cualquiera de los pekineses que vuelven en el autobús a casa. Mis ojos ya no otean nerviosos a derecha e izquierda y mi cerebro no pretende registrar cada detalle, y mi mente no me recuerda, una y otra vez, lo extraordinario de estar en un lugar tan remoto, que antes solo podíamos imaginar gracias a las películas de la tele. De alguna manera los pekineses también captan esa indiferencia nuestra, y de ahí que no tarden en ignorarnos como al resto de los pasajeros.

Salvo que, claro, cualquier sensación de familiaridad desaparece en cuanto ponemos un pie en la ciudad electrónica, nuestro destino final. A cruzar la calle por un puente peatonal, desde donde nos recibe su paisaje de rascacielos perfilados en la noche por sus luces multicolor, y el gusano de luces de rojas del atasco que se extiende hasta donde se pierde el punto de fuga de la avenida. En la plaza de cemento, un grupo de doscientas mujeres de cierta edad realizan ejercicios de aeróbic enfundadas en sus abrigos, mientras en un edificio adyacente un ecualizador luminoso de unos veinte metros se agita al ritmo de la música. Entre los bancos y las esculturas de aluminio, los adolescentes se deslizan en sus monopatines de tabla articulada, cuyas ruedas lanzan verdosos destellos al grindar y bajar por las rampas. ¿Dónde está el Carrefour? Eso es el Carrefour, me responde Teresa, señalando una boca de no más de tres metros de altura. Hay unas escaleras que van dar la zona comercial que se extiende por todo el subsuelo de la ciudad electrónica.

- ¡Mira están de rebajas!- me grita, corriendo hacia una tienda de ropa.

Observo la ropa. Es color Pekín. Así visten las mujeres y los hombres del autobús y así, conforme Teresa va sustituyendo en su armario su ropa española por esas prendas tan inexplicablemente pekinesas, va consolidándose esa segunda piel que la recubre y la camufla y la integra en el paisaje humano de cada día (colores apagados, calidades discretas, diseños funcionales: grises, morados, marinos, negros). Luego querrá comprarse unas gafas, que serán unas gafas que, de un modo difícil de explicar, cualquier usuario del transporte público de Pekín reconocerá como gafas compradas en Pekín, que bien podrían llevar su tía o su sobrina. Así Teresa construye, pedazo a pedazo, su segunda piel pekinesa.

- Me gustan estas- me dice, probándose unas gafas de pasta blancas.

- Con esas pareces de Barcelona- le digo- aunque evidentemente, son poquísimos en Pekín los que tiene la más mínima idea de dónde está Barcelona. Claro que, que también son poquísimos los que saben donde está el Mediterráneo, o Italia.

- ¿Y estas?

- Escucha Teresa- digo yo- quizás no te des cuenta de que la persona a la que más va a afectar tu cambio de gafas va a ser a mí, que tengo que verte la cara todo el día. Si lo que estamos decidiendo es el aspecto de tu cara durante los próximos, digamos, tres años, creo que tengo total derecho a veto.

Ella sonríe, y nos damos un beso de tornillo, donde puedo comprobar que la nueva montura se me clava en las narices. Por uno de los espejitos del expositor de gafas veo a dos jóvenes dependientas de bata blanca mirándonos atentamente.

El Carrefour no tiene absolutamente nada que ver con ningún Carrefour que yo haya visto antes. Por los altavoces se repite una y otra vez una frenética canción de esas en cuyos videos aparecen muchas tías buenas agitando la pelvis a toda velocidad. Nosotros también shaking shaking, nosotros también movemos nuestro cucu entre frutas exóticas y carniceros que anuncian a gritos el género mientras dejan caer sus enormes hachas contra alguna pieza de carne. Shaking shaking, movemos nuestro cucu entre tanques de peces vivos y envases nacarados con gusanos de degustación, hasta que de entre todo un infinito universo de alimentos desconocidos llenamos una cesta con lo que realmente nos ha hecho venir hasta el Carrefour.

Aquella noche cenamos pollo con patatas fritas, un bocadillo de queso con pan de bagette y un bol de estrellitas con leche Nestle. En el capítulo de hoy, Fraiser y su hermano Niles quieren organizar una cena, y por una confusión telefónica se enteran de que algunos invitados les consideran una pareja de raros por andar siempre juntos. "Pero a mí me gusta", dice Niles. "A mí también", dice Fraiser. Joder, qué bonito. Trincho unas cuantas patatas fritas, que se han quedado pegadas a la servilleta que ponemos debajo para que absorba el aceite, y pienso que, en la fina hebra de celulosa que se queda pegada a la patata que me llevo a la boca junto con un pedazo de muslito picante, está contenida toda la felicidad que cabe el universo. Regado con nuestro vino Great Wall de 27 yuanes, le doy al pause y miro a Teresa con los ojos arrasados en lágrimas y le digo:

- Peque, para mí estoy es la felicidad.

- Y para mí también- dice Teresa. Nos besamos. Sus labios están picantes. Teresa quita el pause. Otra vez salvados por el psiquiatra de la tele. Pienso que comer pollo con patatas fritas mientras uno ve su serie favorita con Teresa en el ordenador es como tocar el cielo con los dedos, como sentarse al lado de Dios. Un ciclo hindú se abre, otro vuelve a cerrarse. Si tuviera que elegir entre una indigestión de macarrones con tomate o la de pollo con patatas, no sé con cuál demonios me quedaría.

22/02/2009

Existence




Había llegado el momento de reintegrarme en la sociedad. Después de cenar en uno de los restaurantes de comida occidental de un hutong del distrito de Gulou, fuimos caminando hasta un bar llamado "Tapas", cuyo logo consistía en la silueta de una sevillana, famoso por estar siempre lleno de franceses. Todos fumaban en la mesa excepto yo. Durante los últimos meses había vivido solo, prácticamente recluido en una habitación, y mis relaciones con otros seres humanos se habían producido a través de Internet. Ahora me sentía como uno de esos niños salvajes a punto de ser instruido para degustar un bistec con la cubertería de plata, o un náufrago que, tras años de completa soledad, trata de devolver a su lengua el abandonado hábito de articular un puñado de palabras en inglés.

En el Tapas nos habíamos sentado en una larga mesa de madera, Teresa, yo y Társila en un extremo, y los amigos de Társila ocupando el resto, en su mayoría periodistas y traductores que trabajaban para una de las agencias de noticias más importantes del país. La música alta y el raca raca de los cubiletes de poker que agitaban en las mesas contiguas me impedía escuchar la mayoría de las conversaciones, aunque no puedo decir que me aburriera, ni que beber la mayor cantidad de cerveza posible no me pareciera una ocupación lo suficientemente relevante como para dedicarle toda mi atención. Simplemente, me hubiera gustado coger una de esas cajetillas y encenderme un cigarro. Dejar de fumar es fácil cuando eres un niño salvaje o un Robinson perdido en una residencia desierta, pero mañana mi ropa olería a humo, y nada de ese humo habría sido fumado por mí. Al despertar, el olor agrio y fuerte -olor a sociedad- que impregnaría nuestra ropa, nuestro pelo y nuestra piel, nos recordaría que habíamos estado con los demás, lo que significa estar en su humo, ser atravesado y atravesar juntos los aires espesos, con nuestra ropa y nuestros pulmones, y dejar una gran humareda a nuestro paso. Nosotros seguimos aquí, proclama el cenicero rebosante. Le pido a un hombre francés que hace documentales sobre mujeres musulmanas en China si me deja liarme un cigarrillo. "Solo quiero liarlo", le digo, "luego te lo puedes fumar tú. Yo antes… bueno, déjalo, ¿Te importa?” Siento como las partículas exhaladas por la hija de un diplomático, o de Pierre, el traductor que se sabe la letra de todas las canciones, forman volutas que viajan por los aires, desde sus bocas hasta el interior de mis henchidos pulmones. Escojo con mis dedos una brizna de tabaco, despego un papelillo que se había quedado algo pegado por la humedad; parto un pedazo de cartoncito de la solapa del librillo de papel, lo enrollo en forma de boquilla y lo coloco en un extremo del papel. La humanidad ha vuelto a fumar y yo sin enterarme.

En realidad, estar aquí sentado forma parte de un programa más amplio de reinserción social. Ir a clases de chino a una academia de Wudaokou, convine con Teresa, también podría ser una gran oportunidad para conocer a otras personas e incorporarme así al trajín industrioso de la sociedad pequinesa. Pagué trescientos yuanes por doce clases de 301 Convesational Chinese, y me compré un libro de texto de tapas verdes, un cuaderno y un bolígrafo de gel negro. El primer día, durante los minutos previos a que llegara la profesora, sentí el tacto de mi pupitre y pensé "una mesa es una toma de tierra, sentarse en una mesa es tener un espacio atribuido, un lugar que ocupas por derecho propio. Agárrate fuertemente a esta mesa-ancla, sus cuatro patas son ahora tus cimientos en Pekín, no lo olvides". Eché un vistazo a mi alrededor: "Ey, fíjate cuántas posibilidades sociales interesantes. Ahí está esa mujer inglesa, con el forro polar y sus botas de montaña, será de las aventureras. Y esos dos chavales norteamericanos, con cara de buena gente, quizás sean miembros de una ONG. O el italiano, Domenico, que se me ha presentado en español, bizco, algo ciego, seguramente de alguna orden religiosa, nadie si no lleva esa clases de botas negras y ropa azul marino, especialmente diseñadas para evangelizar… Y qué decir de los coreanos, con sus pequeños ordenadores, qué fascinante oportunidad para intimar con tantas personas y tan diferentes".

Al día siguiente, justo cuando iba a entrar por la puerta de la academia, di media vuelta y me largué a una librería con cafetería que había en la acera de enfrente. "Estoy haciendo novillos", pensé, mientras pedía un té y echaba un ojo a un librito que me acaba de comprar, un volumen barato de fotografías en blanco y negro. A diferencia de mi clase de chino de ayer, que no me había gustado nada, hacer novillos me estaba sentando fenomenal; mi cuerpo revivía por sí solo sensaciones que no me abordaban desde el instituto. En concreto ese aire mañanero de ociosidad, cuando todo el mundo se entrega a su trabajo y tú, deslocalizado de tu toma de tierra, robas al día cafés y cervezas ingrávidas, y te regalas horas perdidas que saboreas pausadamente. Al contrario que tratar de socializarme con Domenico el Jesuita, estar sentado en aquella mesa dejando que los minutos fueran absorbidos conforme el té iba liberando su calor, me pareció un acontecimiento que exigía una dedicación absoluta. Las cosas que exigen nuestra inteligencia siempre ocurren al otro lado de las aulas, es justo al otro lado de las aulas donde ocurren. Ocupación: enfriar un té con la mirada.

Una semana y media después, en el Tapas bar, mis dedos completamente limpios de la más mínima mácula de nicotina abrazan por primera vez en mucho tiempo un crujiente papelillo OCB de librillo negro y comienzan a darle forma a un cigarro. De cuando en cuando, con una mano pellizco un poco los grumos de hebras para que se esponjen y al fumarlo se vuelva ligero. Ahora que he regresado a la sociedad, pienso, debería pensar en desarrollar algún tema interesante de conversación. A mi cabeza viene la palabra "existence". Vuelvo a aquella librería con cafetería de Wudaokou, una semana y media antes. La cantidad de agua, la temperatura exterior, el material de mi taza de té, conforman el mecanismo de un cronómetro de calor que mide el tiempo que dedico a “existence”, una de las secciones del libro que me acabo de comprar. Se trata de un libro pequeño, barato, cuya portada reza en inglés: HUMANISMO. Poco tengo que hacer yo en una librería china, donde todo está, justamente, en el mismo idioma cuyo aprendizaje he abandonado hace hora y media. Pero si algo me llama la atención es la sección de fotografía, donde encuentro este librito de tapas negras por muy pocos yuanes, que tiene una fotografía en cada página y los títulos traducidos al inglés.

(Los periodistas brasileños han comenzado a cantar. En un momento, Társila se levanta y comienza a sambar mientras en nuestra mesa todos cantan y golpean la mesa, es una canción alegre y brasileña. La clientela del concurrido bar nos mira. Por los altavoces del local, mientras tanto, suena algo parecido a Slipknot. "Debería pensar en algún tema de conversación chino. Ya que estoy en China, pienso, debería poder decir algo relevante sobre el país, formarme una opinión propia sobre algo… de esto".)

Me gustaba el libro que me acaba de comprar, porque el papel fotográfico lo volvía pesado, y tenía el tamaño de un grueso taco de madera. En España nunca hubiera conseguido semejante tocho por tan poco dinero. Sus tapas crujieron cuando lo abrí al azar por un lugar donde se leía sobre un fondo dorado "existence". Pasé una página, y otra, hasta diez o doce. En todas se veían fotografías de multitudes; en algunas había multitudes ordenadas, cruzando un puente en bicicleta, todos con ropa idéntica y sujetando la bicicleta de la misma manera. En otras aparecían miles de campesinos arrodillados en una colina, esperando el discurso invisible de alguna conmemoración; y en otras, aparecía la multitud sobreponiéndose a una situación caótica: había inundaciones, y los hombres cruzaban por encima de torrentes por puentes hechos de tablones de madera, o trataban de sortear la corriente con sus motocicletas subiéndose a la acera de una calle anegada. Otra fotografía, quizás la más impresionante, mostraba a un increíble gentío que abarrotaba una gran plaza, absolutamente apelotonados y todos con la misma intención de acercarse a un puesto donde tres hombres repartían billetes de lotería.

Existence. Había pasado una semana y media desde que ojeé el libro y ahora que pensaba en desarrollar algún tema interesante de conversación recordé las veces que, desde mi llegada, me había visto inmerso en una multitud. Siempre había sucedido en medios de transporte, ya fuera en los vagones o en los pasillos del metro, pero sobre todo me había sucedido en el autobús. Lejos de amedrentarse por las aglomeraciones, los usuarios del transporte público de Pekín continúan llenando una cabina hasta que literalmente no cabe un solo cuerpo más, y el autobús está tan lleno que ni siquiera pueden abrirse las puertas de biombo porque chocan contra la carne y los huesos comprimidos de cuatro o cinco personas que se apelotonan en las escalerillas de salida. Uno se monta en el autobús y todo sucede con normalidad, pero poco a poco la masa humana se va comprimiendo hasta extremos inadmisibles. El occidental observa con rostro asustado a su acompañante occidental y con la mirada le dice algo así como "hay que salir de aquí", o "por Dios, creo que vamos a morir aquí dentro". A su alrededor, aunque no hay movilidad ni para sacar una tarjeta del bolsillo, los usuarios habituales del transporte público de Pekín permanecen con aire distraído, sumidos en sus pensamientos, con la mirada vacuna propia de las soledades de los transportes interurbanos y sin gesto alguno que denote pánico claustrofóbico o conciencia de muerte segura. Todos permanecen en perfecta calma, y también permanecen en perfecta calma cuando alguien se abre paso a codazos y cargando con su cuerpo hasta llegar a la puerta y salir despedido del autobús como cuando pellizcas un pipo de aceituna. Existence. Todo eso debería interesar a alguien, y debería tener algún sentido. Acerqué el cigarrillo de liar a mis labios y deslice la punta de mi lengua por la pega del papel, que luego cerré con un movimiento espiral; enrollé el papel sobrante como un caramelo y partí el rabito con los dientes. Se lo di al francés. "¿No te lo quieres fumar?" Me dijo. Yo le respondí que si había pensado en el sentido de la existencia que debe desarrollar un chino en medio de una aglomeración del transporte público. "¿En las aglomeraciones?". Alguien, desde el otro lado de la mesa, grita "¡Ey, aquí hay una brasileña que quiere tu polla!". Existence. Debería tener algún sentido. Ahora todos bailan, cantan, hablan. Yo estoy borracho, no puedo hablar, pero no puedo dejar de pensar en la palabra "existence". Mierda, me ha vuelto a pasar.

13/02/2009

servicio express


Atardecía y el autobús Volvo servicio express Dali-Kunming se lanzaba autopista abajo adelantando a todos los vehículos que se le ponían por delante. Allí todo el mundo circulaba por el carril izquierdo, así que el autobusero se acercaba a toda velocidad a escasos metros hasta que los otros se acobardaban y se echaban a un lado, o si no, daba un violento frenazo y comenzaba a pitar sin parar hasta que el de adelante se apartara. Si aún eso no funcionaba, adelantaba por el carril derecho, donde era común ver coches y camiones parados aún en lugares de escasa visibilidad (quizás por eso los conductores se disputaban tanto el izquierdo). Aquel trayecto era el último por tierra de un viaje que durante una semana nos había tenido dando vueltas por las regiones montañosas del noroeste de la provincia de Yunnan, muy cerca del Tibet. Un avión con escala en Bazhong nos devolvería a casa a la mañana siguiente.

“Ya son varias las mujeres que veo sentadas en el asiento del acompañante de los camiones, y también alguna que otra ayudando a cambiar una rueda”, piensas. “Quizás aquí algunos camioneros viajen con sus mujeres; y quizás más de una madre haya alumbrado a su hijo en el camastro de una cabina. Ese hijo, que ya no conocerá otro hogar que el tránsito ininterrumpido por las carreteras del estado, enterrará un día a progenitor en el área de descanso de la autopista NH244, si es que tal autopista existe. Luego, de forma natural, guiado por un instinto acumulado tras cientos de miles de kilómetros en ruta, el hijo tomará por primera vez el volante y continuará su camino”

Debíamos haber bajado casi mil metros de altitud, y cuando paramos en una estación de servicio sentí el tacto de un aire primaveral, sin un soplo de viento que perturbara la quietud de aquel no lugar hundido entre lomas arboladas, sobre las que colgaba una enorme luna que iba ganando blancura conforme se deshacía el atardecer. En una gran explanada de asfalto deteriorado, un lento goteo de autobuses y turismos iba arrojando pasajeros que salían a estirar las piernas y deambular con un cigarrillo entre las manos, carraspeando hasta formar un buen gargajo que luego clavaban en el suelo de un escupitajo. Compramos unas patatas fritas en un puesto colocado dentro de un hangar donde habían colocado largas hileras de mesas y sillas baratas que debían llevar allí desde los setenta. Largas tiras de banderines con una promoción de una marca de cerveza colgaban a media altura de la bóveda de aluminio, no debía haber menos de quinientos banderines cuyo colorido contrastaba con la mugre de los fogones, la mirada caída de los cachorros que hundían su hocico entre mondas de mandarina y basura desparramada por fuera de los cubos de pintura que servían de papeleras. Entré en uno de los servicios, me acuclillé sobre un agujero separado de otros por una pared de baldosines. Frente a mí, podía ver a otros hombres defecando, mientras un limpiador vestido con un traje de botones y guantes blancos mecía su fregona muy lentamente.

De nuevo en el bus, nos ponen Terminator 3. Difícilmente puedo distraerme de la conducción temeraria del servicio express Dali-Kunming, con un Schwarzenegger protagonizando en chino robótico una sucesión interminable de persecuciones, coches y camiones estrellándose, saltando por los aires, explotando. Tere y yo compartimos los auriculares de mi MP3: suena Amy Winehouse. Otro bandazo, otro frenazo. Una grúa descontrolada arrolla una fila de turismos, se eleva en el aire y se estrella contra un edificio acristalado que vuela en mil pedazos.

Afuera, en la oscuridad, se suceden pequeñas ciudades que a nuestros ojos no son más que reuniones de luz en medio de las colinas desiertas. De tanto en tanto, atravesamos áreas industriales que se extienden a lo largo de la autopista por varios kilómetros. Sus estructuras de metal aparecen en medio de la noche iluminadas por potentes faros, generando un sin fin de sombras deshumanizadas entre sus intrincados andamiajes. Yo me encojo un poco más en el asiento. Una torreta de gran altura arroja al cielo su llamarada de fuego pesado, que asciende varios metros en vertical. “Eres un pececito muy pequeño en un mar muy grande”, pienso, arrellanándome en mi mullido asiento. “Allí fuera la oscuridad es toda y tú eres nada”.

Dos horas más tarde, serás un extranjero con una maleta y el forro polar que te regaló tu madre bajando al calor asfáltico de Kunming, con centenares de ojos y cuerpos agrupándose y desagrupándose, y tú y los tuyos internándoos por las callejas populosas hasta que el caos humano del tráfico os recibe en la iluminada avenida principal. En el taxi, tú eres el criminal que observa al taxista desde el otro lado de la rejilla, mientras Társila le explica la dirección del hotel donde nos quedaremos a dormir, ella en una habitación compartida, nosotros, en una doble. Allí nos fumamos último cigarro que nos vendieron en Dali. Aprovechando que es la primera noche que tenemos un dormitorio solos en pareja, discutimos un rato. Luego cada cual se mete en su cama. Apagamos la luz.

Entrecierro los ojos. Siento otra vez la oscuridad del autobús que atraviesa la noche con sus brillantes faros, dos horas antes de llegar a Kunming:

- ¿Te has abrochado el cinturón?- le pregunto a Teresa.

- No- dice ella, distraídamente.

- Yo sí me lo he abrochado. ¿No te lo quieres abrochar?

- Creo que no, cariño- me responde, cogiéndome la mano

- Entonces, hay que tomar una decisión- digo yo- O los dos nos lo abrochamos o los dos nos los desabrochamos…

- No nos vamos a estrellar…- dice ella- ¿qué más da?

- Vale, es solo una hipótesis- digo yo- pero si nos estrellamos y uno lleva el cinturón desabrochado y otro no, correremos distinta suerte. Quizás el que no lleva cinturón salga despedido por el cristal y se mate, o quizás se salve justo por eso, mientras que el que lo lleva abrochado sea aplastado por la carrocería. O quizás ambos muramos o ambos nos salvemos, pero irremediablemente el destino de nuestros cuerpos apuntará a direcciones distintas, nuestra suerte quedará así dividida, estaremos resueltos a correr muertes o vidas dispares, ¿entiendes? No es cuestión de poner o quitarse, sino decidir juntos si queremos compartir una misma forma de sobrevivir o sucumbir a un posible accidente, o bien queremos decidir cada uno por su cuenta y riesgo…

- Qué cosas tienes, cariño- me dice Teresa, acariciándome el moflete. Luego sigue leyendo.

Miro las cuerdas de su cinto desabrochado, y luego juego con la pestaña del cierre del mío, hasta que me lo ajusto un poco más. En la noche, las luces se suceden hasta que la última de todas se extingue con un brillo lejano. Entrecierro los ojos. Vuelvo a abrirlos. Todo en silencio en la habitación 516.

31/01/2009

El séptimo anillo


Al llegar al hutong de Shuunzhuangcum, desde las primeras calles, comienza a escucharse un sonido pastoso y grave que se filtra por las paredes insonorizadas de los locales de ensayo. La mayoría se han insonorizado para conseguir mejor acústica con espuma de colchón, cartones de huevo y material aislante robado en las obras de las olimpiadas. La mezcla compacta de guitarras, bajos eléctricos, baterías con doble bombo y voces distorsionadas por los conos saturados de los amplificadores baratos, acompaña los pasos de Wang y Chui conforme se acercan al Star Bar. Más que música se trata de una vibración, un temblor que va cambiando de textura al avanzar por la calle, y que ya forma parte indistinguible de la rutina de Wang, como la contaminación enroscándose en el horizonte de rascacielos, o el sonido gaseoso de las puertas del autobús cuando se abren.

- ¿Por qué no estáis ensayando, no teníais que repasar juntos?- dice Wang, chocando la mano a Liu y a Perl, que están sentados tomando una cerveza.

Wang es el cantante y guitarrista de la banda. Su primo Chui también tocaba la guitarra hasta que Wang le convenció para que se cambiara al bajo. No es fácil encontrar bajistas que obedezcan sin protestar.

- ¿Pero a ti que te pasa?- dice Liu- ¿por qué no te pides una cerveza?

Liu, uno de los mejores baterías, fue también uno de los primeros que se mudó a Shuunzhuangcum con su banda y remodeló un hutong para convertirlo en local de ensayo. El 80% de los músicos que están tomando una cerveza en el Star Bar dejarían tirado hasta a su padre si Liu se ofreciera a tocar con ellos.

- Déjale -dice Chui- está cabreado porque unos guiris se nos han colado en el KFC del Templo del Cielo.

- Ok- dice Liu- bueno, habéis pensado nombres para el grupo o qué…

Wang se quita la gabardina, los mutones. Las cuatro cadenas de eslabones de colores que cuelgan por su pernera golpean pesadamente la madera del banco al sentarse.

- Mira- dice Liu, levantando la vista- hay están los Mafeisan. Vaya mierda de concierto que dieron el otro día.
Wang levanta su botella de cerveza. Desde el otro lado del garito, White Snake, el productor dj de Mafeisan, responde el saludo levantando la suya, mientras con la otra mano se coloca bien la montura de las gafas.

- Se creen que por salir con bolsas en la cabeza nos vamos a quedar flipados en tus conciertos. Ni por esas se les quita esa pinta de pardillos...

- Wang, vaya día que tienes- dice Liu- a ver, lo de los nombres…

- ¿Puedo empezar?- dice Chui- yo había pensado en "Paralimpics".

- ¿Qué? ¡no jodas!, jajaja

- Sí, joder- dice Chui, entre risas- Olímpics porque somos super buenos pero, Paralimpics porque somos unos borrachos y estamos locos..

- Mhhm no está mal- dice Liu- pero me gustaba más la idea de ayer. Mira, he hecho una firma.

Liu se saca un papel doblado donde hay dibujado un graffitti con edding negro.

- The Seventh Ring- dice Liu, señalando el grafo- veis, imita el plano de Pekín. Aquí las seis circunvalaciones, y aquí un séptimo anillo que los abarca a todos.

- Mola…- dice Perl

- ¡A la mierda! The Seventh Ring, Paralimpics- dice Liu- ¿Es que no os dais cuenta? ¿Es que somos nosotros americanos o que?

- No otra vez no…- dice Chui- ahora va a empezar con lo del KFC...

- Pues sí- dice Liu, que se ha levantado de la silla. Las pesadas cadenas tintinean en su muslo- es que me parece que no estamos volviendo tontos… Esta mañana, colegas, llevábamos esperando como diez minutos en el piso de arriba del KFC, ese de Taitan…

- … al lado del Templo del Cielo- dice Chui.

- Había un montón de gente esperando, entonces han llegando dos occidentales con sus bandejas. Dos tíos que no tenían que tener más edad que tú, Liu… un orejotas con unas narices que parecía Bin Laden, luego la otra con gafitas de pasta negra, muy pijos los dos, con abrigos de marca falsificados y botas Camper, ¿sabes? Con la cámara de fotos colgando...

- Bueno sí, ya me los imagino- dice Liu

- Pues resulta que la puta que estaba allí limpiando, va y llama a los extranjeros y nos dice a todos que tenemos que esperar, que la mesa que justo en ese momento se acaba de quedar libre es para los extranjeros recién llegados. Así que nada, tíos, sientan allí a los dos chavales extranjeros, y cuando protestamos la tía nos dice que tiene instrucciones de que los extranjeros se sienten primero.

- Ya- dice Liu- pero si hubieran sido coreanos o japoneses, ¿crees que los habría sentado antes?

- No creo- murmura Perl con aire distraído- es una cuestión racial…

- Yo creo que eran españoles- dice Chui- o mexicanos.

- ¿Sabéis? Deberíamos ponerle al grupo en nombre en chino- dice Liu- eso es todo lo que os digo. El séptimo anillo, simplemente Di-qi quān.

- Di-qi quān- repite Liu, balanceando su cerveza con gesto reflexivo.

Liu Acerca mucho su ojo a la cerveza. Al otro lado, el rostro de Wang, distorsionado por el líquido y la curvatura del vidrio ahumado, recuerda a esos retratos de los pintores europeos de principios del XX. Liu ha conocido a mil músicos en su vida y distinguiría un artista de un mediocre con solo verle encender un cigarrillo. Hasta el momento, Liu cree solo haber encontrado a uno: a Wang.

- ¿Sabes?- dice Liu, sin dejar mirar a Wang a través la cerveza- creo que ya te capto.

23/01/2009

Héroes



Fuimos al Instituto Cervantes, llegábamos un poco tarde a la conferencia, a la entrada del salón de actos nos dieron unos aparatitos de infrarrojos con auricular para escuchar la traducción simultánea. Yo nunca había asistido a un evento donde hubiera traducción simultánea, pero sí había estado muchas veces en ambientes como el de ese salón, ya prácticamente lleno, con butacones rojos y paredes insonorizadas, una cabina con los técnicos y el traductor al fondo, y la platea levemente inclinada hacia un escenario a ras de suelo con la mesa de ponencias, con sus micrófonos negros, sus botellas de agua, los laptops, y una gran pantalla ahora silenciada en luz azul. Como apenas quedaba sitio, Teresa y yo nos sentamos cada uno por nuestro lado, casi sin poder quitarnos los abrigos, que junto con el resto de nuestras pertenencias formaban una pequeña montaña encima de nuestras rodillas. La conferencia: “Brigadistas internacionales chinos en la Guerra Civil Española”, reunía a tres historiadores chinos moderados por un eminente profesor de la Autónoma de Barcelona, que fueron desgranando las historias de una serie de personajes chinos que lucharon en la contienda por el bando republicano. El calor espeso, y la cantidad de detalles irrelevantes en que consistía gran parte de las intervenciones, hacía que cada vez mi culo se deslizara un poco más hacia el borde del asiento, y mi cabeza se recostara un poco más en la mullida felpa roja.

Joder, pensé. Qué coño hago aquí. Y lo que es más relevante, por primera vez, pensé: joder, qué coño hago en Pekín.

Medio entre sueños, arrellanado en mi confortable butaca roja, escuché la historia de Chang Aking en dos idiomas simultáneos. Por el oído derecho en español con acento chino; por el izquierdo en chino (con acento chino). Chang Aking no era nadie; Chang Aking era un nombre en uno de esos documentos de la Guerra Civil mecanografiados con caracteres bailones, documentos que luego los historiadores escanean y colocan a modo de ilustración en sus libros editados por la Universidad. Y a quién le podría importar Chang Aking sino solo a uno de esos historiadores, un hombre de aspecto discreto, algo descuidado, envejecido prematuramente, buen ejemplo de esa casta de hombres y mujeres encargados de escribir para la posteridad el nombre de unos pocos en letras de oro.

A decir verdad, oyendo la historia de Chang Aking, ni siquiera uno podía estar seguro de que al propio Chang Aking le importara Chang Aking. Con apenas veinte años, se escapó de la academia militar en Shangai y se enroló en un barco mercante como ayudante del cocinero. Ahí el relato se interrumpe en un titubeo del traductor simultáneo… Cuando consigue retomar el hilo de lo que cuenta el historiador, Chang Aking ya está en un campo de prisioneros en una región montañosa de Marruecos, poco antes del comienzo de la Guerra Civil. La filmina del Power Point muestra la foto de un joven chino en actitud piadosa hacia un hombre moro con un vendaje en la cabeza y gesto dolorido. Luego, prosigue el historiador (por el oído izquierdo) y el traductor simultaneo (por el derecho), no sé sabe como, Chang Aking acaba en Mieres, Asturias, formando parte de una brigada de mineros al servicio del ejercito regular de la República. A los pocos meses del comienzo de la guerra es hecho prisionero, y pasará los cinco siguientes años de su vida (todos los de la guerra), en una cárcel española con el resto de presos políticos, quienes van muriendo o siendo ejecutados, y finalmente algunos se salvan. Ahora el Power Point muestra uno de esos documentos donde aparece el nombre del susodicho junto con otras docenas de nombre de personajes anónimos que la Historia omitirá por completo.

Pienso, casi entre sueños, en Chang Aking, y pienso que yo no soy Chang Aking. Chang Aking se fue de Shangai porque estaba hasta los cojones de la mili, pero Chang Aking era demasiado joven para tener ni puta idea de a dónde iba, ni de las consecuencias de sus actos. En conclusión; cuando Chang Aking se enroló de pinche en la cocina de un mercante, lo último que se le pasaba por la cabeza es hacer Historia. Y cuando su nombre deja de aparecer en documentos, una vez liberado Chang Aking, el bibliómano se desinteresa y al personaje se lo come el anonimato más absoluto, y ya no es sino uno más de los cientos de miles de millones que forman el sedimento silencioso sobre el que caminamos, y del que no tarde formaremos parte. Chang Aking, como cada uno de nosotros, es un fantasma, un absolutamente nadie, pero con la excepción de que, por unos pocos años, participó en uno de los acontecimientos mundiales más importantes del siglo XX. Un destino heroico se interpuso en su camino.

Ahora, justo antes de dormirme en mi butaca (y con la poderosa sensación de que todo me suda la puta polla, incluido yo mismo y mi vida en China), pienso en todos los Chang Aking que nos enrolamos en un mercante de pinches de cocineros, sin tener ni puta idea de qué cojones esperábamos, ni de qué estábamos huyendo. Y de los miles de millones de Chang Aking que jamás la Historia (esos individuos algo desmañados que hacen presentaciones de Power Point) reconocerá, pese a sus esfuerzos por trascender de su destino rutinario y banal, desafiar la vida y hacer algo grande. Quienes realizan todas esas proezas desesperadas por escapar del fatum que les ha sido asignado, que jamás dejarán rastro alguno y de las que jamás se tendrá memoria, todos esos héroes que no tuvieron, como Chang Aking, la oportunidad de toparse con su destino heroico, somos nosotros. No. Un destino heroico no nos vendría nada mal.


16/01/2009

Teresa desde su terraza de Wan Liu


Podría ser una ciudad cualquiera, vista desde los ventanales del piso 11 de la residencia universitaria de Wan Liu. En la terraza del apartamento de Teresa cuelga del techo una de esas ruedas de plástico con pinzas que sirven para tener la ropa, ideales para viviendas de pequeño tamaño, que también usamos en España desde que también nosotros vivimos en viviendas de pequeño tamaño. Allí las adquirimos en los todo a veinte duros.
-¿Qué donde lo has comprao?- te preguntan
-En los chinos de aquí abajo- respondes. En tu barrio todo el mundo sabe a dónde te refieres.

Hoy Teresa, mientras tendía una colada de color rojo, me pregunta: ¿De qué color soy? Color lana, respondí, color jersey. No idiota, dice, soy de color rojo. Entre sus prendas se ha colado una sudadera mía, casi pidiendo permiso por estar allí, como disculpándose por el espacio usurpado. Yo y mi sudadera todavía somos invitados excesivamente corteses en esta casa y este país donde apenas llevamos tres días.

La suave temperatura del apartamento nos permite caminar descalzos, en camiseta y pantalón de pijama, pero cuando salgo a la terraza siento un golpe de frío que me trepa por los pies hasta erizar los pelos de mi nuca. Desde aquí se ve una colección de edificios altos y lejanos rascacielos, y las calles atravesadas por viaductos por los que el tráfico fluye sin atascos. No son muchas las bicicletas que se ven en esta época del año, a más de ocho grados bajo cero, aún con el brillante sol del paralelo 39 luciendo en un cielo azul inmaculado. Por la noche la cúspide de esos edificios se ilumina con grandes caracteres de neón, que ahora permanecen apagados, coronando las formas de vaga inspiración oriental con que los arquitectos han querido caracterizar este moderno paisaje de torres de cemento y cristal. A ratos, pienso, me gustaría descorrer las cortinas y que se me apareciera una viva estampa de orientalismo en toda su exhuberancia; me gustaría ver riadas de bicicletas, templos con sus tejados ornamentales, siluetas de lejanos palacios ocultos tras la neblina de un río navegable, y esas carros o carritos tirados por un chino en plan mula, llevando traficantes extranjeros y misteriosas damiselas por los vericuetos de una palpitante ciudad imperial. Un majestuoso festival de folclore y exotismo, un colorido espectáculo de diferencias pintorescas, digno de una esas películas con miles de extras que hacían en el Hollywood de los años cincuenta. Las vistas desde la terraza de Teresa, salvo unos pocos detalles, podrían pertenecer a una ciudad cualquiera.

- Pekín es una vitrina- me dijo Anelore, una cubana, amiga de Teresa, con la que comimos el otro día- no te imagines que esto es China.

No me imagino nada. No tengo ni puta idea. Es el momento de abrir los ojos y dejar que las cosas me atraviesen. Llevo tres días en Pekín. Me quedaré aquí por tiempo indefinido. Quizás un mes. Quizás una vida. Todo está abierto.